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Mientras España reluce con los soles y estrellas que premian la restauración más inventiva, la mitad de los jóvenes de nuestro país no cocinan ni muestran el más mínimo interés por unas artes que desde hace miles de años rige, o regia, la diosa Gasterea. La fractura entre la comida elitista, distinguida, y el pienso diario expendido de cualquier manera se hace evidente en las últimas estadísticas publicadas en Catalunya por el Observatorio Català de la Juventud: el 14% de los menores de 24 años- el doble que en 1998- tiene problemas de obesidad. El 50% de los jóvenes entre 12 y 17 años asegura que no ha pisado una cocina si no es para buscar un bollicao. El 31% y lo que es más grave, con 24 años cumplidos, reconoce que participa muy poco en lo que se cuece en los fogones. Las estadísticas señaladas son, punto más punto menos, validas para el resto de las comunidades.
Mientras se genera una cocina tan interesante y sabrosa como elitista, esta también es una realidad evidente, el conocimiento de los valores básicos de una dieta entroncada con el paisaje esta desapareciendo. Parece que lo más importante sea crear y consumir. El valor de la creación y del consumo es lo de menos. A nadie se le ocurra ejercer de crítico, porque este viejo oficio ya no existe. Cada cocinero, cada somelier guarda un dios en su interior que le impide distraerse en su camino hacia la gloria de la alta cocina. No obstante queda un buen numero de chef que si se implican, por suerte, en espacios educativos o en la compra del producto de manos del agricultor. Aun así, son muy pocos los que se atreven a decir a los más jóvenes que no deben consumir el montón de mierdecillas que ilustran los anuncios de la televisión o los expositores más próximos a las cajas de los supermercados. En el siglo XXI hay que ser “performante”, lo que quiere decir no invertir tiempo en algo que se pueda compartir, y precisamente la cocina es un espacio en el que todos tenemos algo que hacer y decir.
Desconectados los chefs, en su mayoría, de esta realidad tan poco creativa y artística, lanzados a la caloría fácil los más jóvenes, la ministra de sanidad de Francia anuncia un proyecto de ley que acabaría con la presencia de los bombones mágicos y de las pizzas faty en los lugares dónde, de tan presentes, se nos echan encima. De que seamos nosotros los que digamos no al consumo despiadado, o a la perdida irreparable de la dieta mediterránea, no se dice nada. De aquí que proponga a los ministros del gremio que aquel cocinero que se implique con el producto y el campo y el chaval que se acerque a la cocina, tenga de inmediato una placa de reconocimiento.